Santísimo Cristo de la Agonía

Análisis Artístico.- Desde su fundación, la hermandad pensó en una iconografía que estuviera directamente inspirada en la del Crucificado de la Agonía que se venera en la localidad de Limpias (Santander). De hecho, la primera imagen de los talleres de Olot (1935) fue una reproducción exacta de este último y a la que le siguió tanto el Cristo de Martín Simón (1938) como el de Pérez Hidalgo (1948).

Es claro, por tanto, que el origen de la advocación del Santísimo Cristo se debe al deseo de los fundadores de la cofradía de las Penas de perpetuar la iconografía expirante del Cristo santanderino. Si bien, desde el punto de vista teológico, el término Agonía no es demasiado correcto para un crucificado. De hecho, la Historia Sagrada conoce como la “agonía de Jesús” al pasaje de la oración en el huerto de los olivos y no otro. La piedad cristiana y los tratadistas han visto en este episodio la verdadera agonía, la lucha mortal de Cristo, que en su aspecto humano tuvo que sufrir la inclinación natural de la carne de rechazar dolores y padecimientos. Por el contrario, Jesús Crucificado ya no lucha ni vacila puesto que acepta conscientemente su sacrificio y se abandona a la voluntad del Padre. Por ello, la advocación de nuestro Titular debe entroncarse en un aspecto fisiológico o médico porque Jesucristo como hombre sufrió todo el cuadro médico previo a la muerte, siendo la Agonía, el instante previo a la Expiración, donde se revela iconográficamente el magnífico exponente de los transitorio de la victoria de la muerte en contraposición a lo eterno del triunfo del Amor Divino.(1)

La actual efigie del Crucificado de la Agonía no es sino la consumación de un anhelo largamente perseguido por los hermanos de la cofradía de las Penas, que no era otro que el logro de la ejecución de un icono cristífero definitivo, al gusto de la mayor parte de los hermanos, tras varios intentos infructuosos y continuos cambios de imágenes que resultaron artísticamente desafortunadas.

El encargo del nuevo Cristo de la Agonía se debe contextualizar en un clima interno de nuevas mentalidades y gustos estéticos que comienzan a surgir en la hermandad a finales de la década de los sesenta del pasado siglo y a cuyo liderazgo se aupó sin duda el criterio de Don Juan Bautista Casielles del Nido. Si bien, hubo tiempo para errar una vez más, pues con anterioridad a la actual talla, y ya con los nuevos derroteros artísticos perfilados y cimentados sobre los postulados mesinos del Cristo de la Conversión de la hermandad sevillana de Montserrat, se encargó en 1971 una imagen del Señor al escultor miniaturista Rafael Barbero Medina, muy del gusto de Casielles, que nunca llegó a salir (sólo se subió al trono para el Martes Santo de 1971 en el que la cofradía no sale a la calle por la lluvia) ya que decepcionó a una parte de los hermanos, no ya por su innegable calidad artística, sino más bien por lo reducido de su tamaño, lo que llevó a la Junta a decidir encargar una nueva talla a otro escultor, al no querer Barbero volver a tocar la imagen.

Así las cosas, fue en marzo de 1972 cuando se bendijo la actual talla del Cristo salida del obrador del imaginero carmonense Francisco Buiza Fernández (1922-1983). La ceremonia se celebró en la sacristía de San Julián en la más estricta intimidad. Fue oficiada por el Padre Pedro Roldán. Casielles le había pedido a Buiza, en palabras de José Solís, “un Cristo que impacte”.

La obra es ejecutada en madera policromada de pino de Flandes y tiene un coste para la Hermandad de 100.000 pesetas aunque formaría parte del pago la efigie del Cristo tallado por Barbero. Se trata de un Cristo corpulento que mide 1,89 metros de longitud aproximadamente. Se presenta aún vivo con el rostro desgarradoramente atormentado. Pende de un madero arbóreo, gira la cabeza a la derecha y eleva la mirada al cielo mientras dialoga con el Padre: "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado" (Mt 27, 46).

Según apuntan Sergio Cabaco y Jesús Abades, “el semblante del Señor es estremecedor, muestra las cuencas orbitales hundidas, los ojos tallados y pintados en la madera, los párpados hinchados, la nariz de tipo hebraico y los labios jadeantes, dejando ver la lengua proyectada hacia adelante y la dentadura tallada. La corona de espinas ha sido esculpida en el voluminoso bloque craneal, y el cabello y la barba, partidos a dos aguas, han sido modelados mediante abultadas y ondeantes guedejas. Los brazos, con detallado estudio de músculos y venas, intentan alinearse con el travesaño al tiempo que el tórax se inclina ligeramente hacia adelante, en actitud de tomar fuerzas para pronunciar las palabras en la cruz. Las manos aparecen crispadas y entreabiertas y las piernas se juntan, superponiéndose el pie derecho sobre el izquierdo, al hallarse sujeto al leño por tres clavos. El sudario, de tonos verdosos, es un paño anudado en la cadera derecha, dejando parcialmente descubierto el costado. Las señales del martirio sobre las aceitunadas carnes son abundantes y llamativas, con grandes hematomas y heridas sangrantes.”(2)

En la misma línea, Victor José Blanco Costa en la obra Crucificados de Málaga abunda en el “fuerte dramatismo empleado por Buiza reflejado en la tensión muscular y en las manos desgarradas.”(3)

Diversos autores han coincidido en considerar que la talla del Santísimo Cristo de la Agonía constituye un nítido ejemplo de la evolución dramática del neobarroco sevillano hacia límites insospechados. Buiza aporta un genial dominio de la gubia sustentado sobre un profundo conocimiento anatómico. Es capaz de ponderar y contrarrestar la suma belleza varonil, de perfil apolíneo, con la desgarradora tragedia que pretende transmitir a través de la talla, de su expresión corporal.

Es latente el patetismo de la imagen, la amargura del rostro, los padecimientos sufridos y la lastimosa sensación de abandono que suscita en el espectador, haciéndole llegar el rigor de ese último aliento que se escapa por la boca entreabierta.

Juan Antonio Sánchez López abunda en la exageración practicada por Buiza en la interpretación barroquista del Crucificado, tanto en los rasgos faciales, más densos en su consistencia volumétrica, como en los mechones y el cabello, dando lugar a multitud de efectos claroscuros. El autor de la Imagen “multiplica los signos truculentos valiéndose de carnaciones sanguinolentas, distorsiona la anatomía forzando la disposición de los brazos, simulando la violenta dislocación que ha sido originada por el tremendo dolor que retuerce el protagonismo en la Cruz.”

El cuerpo lacerado “efectúa tenaces esfuerzos que lo proyectan enérgicamente hacia el espacio. Los recuerdos laoocontianos, junto con a la extraordinaria calidez de los pigmentos utilizados en la encarnadura, completan el diagrama estilístico de una pieza acertada y de espectacular presencia.”

El sudario está policromado con entonaciones verdosas, muy propias en la obra de Buiza. Se trata de “una versión libre y ecléctica que recoge influencias de los perizomas creados por Martínez Montañés para el Cristo de la Clemencia de la Catedral de Sevilla y por Juan de Mesa, en del Amor, al componerlo dando varias vueltas a la cintura sobre el vientre, con amplio vuelo en la zona escapular y sujeto a la cadera derecha por un único lazo, en lugar de los dos que presenta el Crucificado mesino.”

“La solución dada a la Corona de Espinas enriquece el mensaje de este Cristo de la Agonía al ubicarse en ella un jeroglífico zoomórfico que alegoriza el Triunfo del Amor Divino sobre la Muerte”, siguiendo, qué duda cabe, “el grafismo que Juan de Mesa utilizara en la Corona de Espinas de Jesús del Gran Poder (Sevilla-1620) recreando una serpiente que oprime el bloque craneal como signo del inmenso poder y fuerza de la divinidad, y un símbolo no de la culpa personal, sino del principio del mal inherente a todo lo terreno.” (4)

Nos encontramos probablemente ante una de las mejores obras de la producción de este autor, correspondiente a una etapa en la que se produjo su eclosión como artista, alejada de la primera fase de trabajos uncidos de la imperiosa y exigida madurez al lado de Sebastián Santos. Con el Señor de la Agonía, Francisco Buiza inicia una década de grandes y muy personales obras. La última de su vida. La década que le dejó, quizás, un nombre escrito en el mármol de la memoria.

La imagen del Santísimo Cristo de la Agonía fue restaurada en 1997 por el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH) corriendo la intervención a cargo de María Teresa Real Palma. Se encargó de resanar los ensambles, colocar un mejor sistema de anclaje del Cristo a la Cruz, corregir el giro del eje de la Cruz y restaurar la capa de protección de policromía y veladuras.

La nueva cruz arbórea del Señor se realiza en el taller de los hermanos Caballero González. La antigua cruz de capilla de la talla se encuentra actualmente en manos de la hermandad de la Piedad.

También fue intervenido en 2002 por la restauradora Beatriz Prado Campos tras el accidente que sufrió la imagen el Martes Santo de ese año en el que se le desprendió el dedo corazón debido a un golpe brusco recibido por un alzacable.

(1)PALOMO CRUZ, ALBERTO JESÚS. Artículo: “Sobre la advocación del Santísimo Cristo de la Agonía”. Boletín Extraordinario de Cuaresma 1997. Venerable Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Agonía, María Santísima de las Penas y Santo Domingo de la Calzada. Número 22. Págs.10 y 11.
(2)CABACO, SERGIO y ABADES, JESÚS. Página web: La Hornacina
(3)BLANCO COSTA, VICTOR JOSÉ. “Crucificados de Málaga. Volumen II”. Página 57. EDITORIAL TARTESSOS.
(4)SÁNCHEZ LÓPEZ, JUAN ANTONIO. Artículo: “Iconografía y realismo neobarroco del Cristo de la Agonía”. Boletín Extraordinario de Cuaresma 1997. Venerable Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Agonía, María Santísima de las Penas y Santo Domingo de la Calzada. Número 22. Págs. 24 y 25.

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