El Oratorio de la Cofradía de las Penas

El Oratorio de Santa María Reina y Madre, construido a expensas de nuestra Venerable Corporación Nazarena, y levantado sobre solares que durante años, convirtieron el entorno en un lugar sumamente degradado, se encuentra situado en la plaza Virgen de las Penas, espacio urbano surgido como consecuencia de la demolición de antiguas edificaciones adosadas a la antigua muralla nazarí, a la que ocultaban, y que formaban la estrecha y sinuosa calle Arco de la Cabeza. El nuevo emplazamiento ocupa, pues, parte de la antigua vía y sirve de unión entre ésta y la calle Pozos Dulces, la cual viene a desembocar en la de Compañía, cuya nomenclatura hace alusión a la de los jesuitas, que, desde su establecimiento en Málaga, han venido ocupando lugar en ese entorno del centro histórico.

El nuevo templo de las Penas ha sido construido junto a la casa-hermandad, entre los años 2007 y 2008, según proyecto del arquitecto D. Alfonso García Ruiz y bajo la dirección técnica del arquitecto técnico, D. José Alfonso Alises Suárez, hermano de la corporación, siendo consagrado el día primero de noviembre de 2008, solemnidad de Todos los Santos, por el entonces Administrador apostólico Excmo. y Rvdmo. D. Antonio Dorado Soto, siendo Obispo titular el Excmo. y Rvdmo. D. Jesús Esteban Catalá Ibáñez.

Su fachada, adosada a la torre, que sirve de unión con el edificio de la casa de la hermandad, se inspira en la portada barroca del Palacio episcopal, con pilastras superpuestas en los flancos que sostienen el frontis, rematado por cruz cimeral de forja, que representa el símbolo de la Caridad. La portada se enmarca en dobles pilastras que sostienen frontis partido y enroscado, coronados ambos con remates cerámicos, los cuales flanquean, a su vez, el gran balcón que, a modo de logia, remata la portada principal. El balcón, de los llamados preñados, con portada de piedra, sirve para acoger la heráldica de la corporación en su frontis de porción de arco, y se acompaña de artísticos y grandes faroles de forja.

El Interior

En el interior, su planta es de una sola nave, flanqueada por pilastras superpuestas con basamento de mármol rojo del Torcal, en número de seis y cuatro medio pilastras de las mismas características por arcos ciegos de medio punto, sostienen el deambulatorio que cierra el coro de planta cóncavo-convexo, del que surgen de nuevo pilastras similares que sostienen la bóveda vaída de crucería en la que se abren lunetos, en número de seis, que dejan entrar la luz exterior. Cierra el coro el gran balcón al exterior, antes descrito, que viene a recordar las antiguas tribunas o logias del Renacimiento.

En los espacios entre pilastras, se sitúan a la izquierda, la puerta de acceso desde la torre, junto a una pila de mármol rojo de agua bendita; mientras que justo enfrente de dicha puerta y a la derecha de la nave, se levanta el altar de Santo Domingo de la Calzada, titular también de la Hermandad.

De los seis paños restantes, cuelgan por un lado, la cruz antigua del Cristo de la Agonía y que ocupa el espacio destinado a cobijar la imagen titular durante los cultos dedicados a la Santísima Virgen en el mes de Mayo; y por otro en los cinco restantes, otros tantos cuadros alegóricos obra de Raúl Berzosa, alusivos a los “Triunfos” de la Eucaristía sobre el pecado; de la Iglesia sobre el mal; de la Caridad sobre la avaricia; del Catolicismo sobre las herejías y de la Santa Cruz sobre la muerte.

A los pies del Oratorio, se sitúan pinturas murales a modo de lápidas marmóreas, rematadas por escudos papales de los pontífices Pío XII, el de la derecha, y el de Benedicto XVI, el izquierdo. En ellos, con textos en latín, se viene a dejar constancia de la primera piedra del edificio en uno, y de la solemne consagración del Oratorio en el otro.

La solería de mármol blanco enmarcada por rojo del Torcal, se prolonga hasta la cabecera del Oratorio, donde se encuentra el presbiterio, que en forma de tribuna, se sitúa sobre escalinata de tres peldaños, flanqueada por ambos lados por un podio semicircular sobre los que se levantan pilastras con basamento de mármol rojo, las cuales, sostienen el arco que, a modo de arco triunfal con bóveda de cañón, se abren a la capilla mayor en la que se cobijan las imágenes titulares de la hermandad, el Santísimo Cristo de la Agonía y María Santísima de las Penas, que, junto con la de San Juan Evangelista, conforman la escena del Calvario.

Las efigies se encuentran ubicadas sobre el banco del que será futuro retablo al que se adosa altar con el sagrario a los pies del Crucificado; y junto a dicho banco, se abren a ambos lados puertas que comunican con pequeños habitáculos destinados a sacristías.

Dicha capilla, con bóveda de cañón, alberga pintura en el techo que representa la exaltación del nombre de Dios, y que viene a completar la parte inicial del programa pictórico previsto para la totalidad del conjunto, cuyos trabajos los ha desarrollado Raúl Berzosa, hermano de la cofradía. El programa realizado hasta ahora se compone, como se ha indicado con anterioridad, de la exaltación del nombre de Dios que figura en la bóveda presbiteral y de la alegoría del Cordero Místico que figura en el frontispicio de la capilla y que, partiendo del arranque del arco, llega hasta la bóveda del edificio.

En la clave del arco, se representa al Cordero con la leyenda “Ecce Agnus Dei qui tollis percata mundi”, presentado por cuatro ángeles mancebos, mientras que a ambos lados figuran las imágenes de Moisés y Elías con sus atributos identificativos, rodeados de cuatro ángeles apocalípticos, que vienen a simbolizar, la Transfiguración del Señor relatada en los Evangelios, en simbiosis simbólica apocalíptica.

El presbiterio se acompaña de balaustrada de forja antigua, restaurada y adaptada, rematadas por atriles también de forja, uno a cada lado, componiendo el ambón de las lecturas evangélicas y el de las oraciones de la sede, completándose de alguna manera, con toda la forja utilizada para la cruz cimeral, la veleta y la balconada del coro y deambulatorio, que recoge alegorías marianas alusivas a las letanías, así como los brazos de los que cuelgan las lámparas mariposeros.

La Torre y la Cripta

Por otro lado, la torre campanario, que sirve de núcleo de unión entre Oratorio y la casa, se comunica con ella a través de las dos plantas primeras, mientras que se abre al coro del templo en una de las entreplantas, y en la tercera, al salón social y la azotea del edificio, continuando en un cuarto tramo de subida al cuerpo de campanas. Se remata con cimborrio octogonal de azulejería, coronada por artística veleta de forja en la que figura un corazón traspasado alusivo a los Dolores de la Virgen.

Tanto en la primera como en la tercera planta, la luz entra a través de ventanales circulares, mientras que en la segunda planta, se abre un balcón de forja con portada con frontis de clara inspiración en el Palacio episcopal.

Desde la primera planta se accede al sótano y a la cripta del Oratorio, donde se sitúan los columbarios para los hermanos de la cofradía. Este espacio consta de una sala de recepción que da paso a la propia sala de columbarios, cerrada por una cancela de madera tallada y torneada del siglo XVIII, que ha sido restaurada y adaptada.

El Sagrario: Dios sobre todas las cosas

Nada tiene sentido en la Casa de Dios sin la digna presencia de Dios mismo. Ni una estética cuidada, ni un celoso esmero en el ritual litúrgico, ni un concienzudo discurso pictórico, ni siquiera la presencia de dos Imágenes Titulares tan queridas en lo sentimental como valiosas en lo artístico. Nada de lo referido tiene sentido sin la Eucaristía, sin la estancia de la divinidad, sin el silencio misterioso del Dios callado, Jesús Sacramentado en un digno tabernáculo donde ser reservado y preparado para su bendición, exposición y adoración. Pues no existe para el cristiano unión más íntima con Dios que la que ayuda a reconocerlo mediante  la exposición eucarística y que adquiere su culmen en la comunión Sacramental.

Por eso, y sólo entendiendo la profunda importancia de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, se puede explicar y a la vez comprender, el apropiado Sagrario que D. Manuel Toledano Gómez ha realizado para la Hermandad de las Penas, en un trabajo confesado por él mismo como “mucho más dificultoso que labrar un frontal de un trono”, puesto que durante su ejecución ha buscado la excelencia de ejecución en todo, sin amilanarse por la dificultad técnica que implica. De hecho, por ejemplo, ha evitado el uso de fresadora para la ejecución de las molduras, lo que suele facilitar el trabajo, sino que ha intentado hacer la labor de un artista del siglo XVIII, tallando a golpe de gubia, realizando los estípites y las columnas en un solo ensamble.

Y es que el resultado de este trabajo ha ido mucho más allá de la mera consecución de un capricho estético o artístico ideado por una hermandad guiada habitualmente por la solidez de firmes criterios y el alcance de exitosos proyectos. Toledano ha sabido descifrar la magnitud del encargo y no sin un denodado esfuerzo ha echado el resto para que la obra respondiese a esa insondable expectativa. Confesaba que le que había costado imaginar cómo un trabajo aparentemente tan pequeño, se había llevado tanto de su tiempo, y añadía, no sin razón, que era tan importante “lo que iba ahí dentro de ese sagrario” –cuantas veces lo olvidamos: “Amaros los unos a los otros como yo os he amado”-, que quiso dedicar un modesto monumento, un pequeño templo, en el que se plasmaran todos sus conocimientos y toda su dedicación. Y es que Dios no puede estar en cualquier parte.

Se ha publicado muy recientemente un fantástico artículo en el Diario Sur rubricado por  Alberto Palomo Cruz sobre la concepción del tabernáculo de la Hermandad de las Penas y no tenemos sino la obligación de reproducirlo por su hermosura y valor pedagógico(1) :

En efecto, a Toledano le ha seguido una doble motivación. Por un lado, la oportunidad de dar a Dios mismo todo lo que ha llevado dentro mediante una obra de arte, una creación absolutamente libre, sin apremios temporales. Por otro, la pertinencia de confirmarse como artista–como ya lo hiciera Raúl Berzosa- con una obra de grandísima envergadura y paradójicamente estrenarse en la cofradía de la que es hermano pudiendo plasmar ese cariño especial que no emana sino directamente del corazón.

Palomo afirma que siguiendo el arte y la simbología judeocristiana, de la que Toledano es un gran conocedor, se asume que Dios está en un Templo, y que como tal la idea de su estancia en un recinto debe quedar recreada por medio de una pieza arquitectónica que se asimile, al menos a menor escala, a un edificio. El artista ha pretendido remembrar al modo neobarroco su particular interpretación del Templo de Salomón, la casa que el mismo Yavéh dispuso para su morada un en cuya cámara secreta, denominada como “Santo de los Santos”, se guardaba el Arca de la Alianza, y que la mística equipara como prefiguración del culto sacramental instituido por cristo, autor de la nueva alianza de Dios con los hombres.

Se trata de una obra celosamente minuciosa, donde se aprecia el virtuosismo en el empleo de las gubias y donde se adivina un maestro empleo de los recursos visuales. Una obra más cercana a la escrupulosidad del platero que al oficio de entallador.

Simbolismos: Como se ha dicho, la intención del autor ha sido la de concebir un verdadero templo de reducidas dimensiones, por lo que de su impronta se deduce una verdadera obra arquitectónica. Está enteramente confeccionado en cedro, salvo unos pequeños componentes que lo son de olivo y acacia, madera esta última que no se comercializa y que ha sido proporcionada por un jardín botánico. Esta selección de materiales empleados es un nuevo guiño al templo de Jerusalén ya que según los relatos bíblicos fueron estos árboles los que suministraron la materia para las construcciones de algunos de sus elementos.

El tabernáculo de la Hermandad de las Penas merece ser detenidamente explicado para comprender sus desafíos técnicos y su trascendencia alegórica. En una primera aproximación respecto de su complejidad, puede decirse que está tallado y terminado en todas sus partes, aún las ocultas, presentando una planta elíptica que ha causado importantes quebraderos de cabeza a Toledano a la hora de encajar todas las piezas, según las reglas de la arquitectura que denomina a esta función con el nombre de “estereotomía”, debiendo “en un auténtico tour de forcé” trucar visualmente esta elipse para darle un efecto totalmente distinto al que hubiera tenido sin tal corrección visual. Respecto a su trascendencia iconográfica, el autor ha incorporado un amplio catálogo de elementos procedentes del Antiguo Testamento, al que más adelante se hará referencia.

Puerta: En cuanto a su estructura, se compone del basamento, el cuerpo principal o “cella” y el remate en cúpula. Cada uno de los chaflanes del sagrario presenta tres parejas de soportes con sus correspondientes estípites, figurando en su anverso la puerta, que a diferencia de lo que se acostumbra también está tallada en madera a base de casetones mixtilíneos que se articulan alrededor de un motivo ornamental en forma de rombo, no poseyendo más presencia figurativa que una granada que aparece en relieve, ya que los autores bíblicos citan este fruto entre los adornos más repetidos de la decoración del Templo, aunque el sentido místico de su presencia aquí se debe entender como un símil de Cristo y su Iglesia, que ampara en una misma fe a todos los pueblos de la tierra, al igual que la granada encierra bajo su corteza multitud de granos.

Destacando del resto de piezas del tabernáculo, flanqueando la puerta, se yerguen dos columnas alusivas a aquellas otras llamadas “Jachim” y “Boaz”, que mandó levantar el rey Salomón a la entrada de la morada de Dios, y cuya etimología es tan oscura como su primigenio sentido, aunque a través de los tiempos las ha recreado en multitud de ocasiones y formas, como ocurre en Málaga donde aparecen en la portada de las cadenas de la Catedral. Para la ocasión, Toledano ha creado su propia versión de estos históricos y simbólicos pilares denominados “salomónicos”, interpretándolos de forma singular, pero guardando sus características esenciales como es la relación de la altura con respecto a la anchura, tal y como expresa el Libro de los Reyes, así como la proporción marcada por el tratadista Vitrubio para las columnas de orden jónico: “En la Antigüedad este orden se relacionaba con las divinidades femeninas y es por ello por lo que he querido trasponer aquí para aplicarlo imaginariamente a la Virgen María, que al fin y al cabo fue el primer sagrario de la cristiandad, ya que en su seno portó a Cristo. Para guardar la debida simetría entre todas las partes del sagrario he realizado otros dos soportes equivalentes a éstas que figuran en la trasera, aunque evidentemente no son salomónicas, sino simplemente ornamentales, siendo de orden toscano con los fustes decorados a la manera de Figueroa, el famoso arquitecto que diseñó entre otros notables edificios el palacio sevillano de San Telmo”. En los laterales, los ejes mayores de la estructura, al igual que la parte trasera, presentan los relieves de tres objetos litúrgicos que se encontraban en el atrio del templo de Salomón, tales como la “menorah” o candelabro de siete brazos, el conocido como “mar de bronce”, que era una pila que contenía agua para las abluciones, y el altar de los holocaustos.

Escenografía: El cornisamento que recorre todo el perímetro está inspirado en el entablamento clásico, que como ya queda dicho irá a juego con las líneas del futuro retablo de la cofradía. Para descargar figuradamente el peso armónico de la cúpula existen cuatro aletones, y situados en cada uno de los ángulos otras tantas figuras primorosamente gubiadas por el escultor local José María Ruiz Montes, que una vez tienen como protagonistas a personajes vetero-testamentarios. En la zona delantera, Elías que sostiene como atributos parlantes una rueda y una espada flamígera y Moisés sujetando las tablas de la Ley. Situados aquí como garanes y testigos de la presencia física de Jesús Sacramentado, a cuenta de la escena evangélica de la transfiguración en el Tabor, hallan su equiparación con las otras dos esculturas de la parte posterior que son Abrahán sacrificando a Isaac y Melquisedec presentando la ofrenda del pan, escogidos por presagiar ambos el misterio eucarístico.  En el medio de ellos arranca el ático del conjunto, un airoso cupulín rematado por una cruz que visto de frente tienen cuerpo y esfericidad, pero que observado lateralmente se puede apreciar cómo se distorsiona en gran medida. Al respecto ha comentado Toledano: “Es algo así como la imperfección buscada. Aquí se comprende mejor lo que ya argumenté antes. Visto desde el frente presenta una corporeidad que hace pensar a quien lo contemple que está ante un objeto esférico y redondo. La sorpresa es mayúscula, cuando se contempla desde una visión lateral y se puede comprobar que esa sensación desaparece. En ese momento se puede comprender el efecto. Se trata simplemente de una pieza de apenas unos centímetros de grosor que parece algo que no es. Pues como esto, todo lo demás; la totalidad de los elementos del tabernáculo esán falseados a propósito y trucados sensorialmente a propósito”.

Interior: Afirma Palomo que en cuanto al interior se refiere es de una pasmosa originalidad, ya que el autor ha pretendido recrear una ensoñación arquitectónica y escenográfica basada en las creaciones maestras como el presbiterio de la Iglesia de Santa María Presso San Sátiro de Milán, que ideara el genio de Bramante, o el Teatro Olímpico de Vicenza, y en cuanto al mobiliario sacro con antecedentes como el sagrario de la iglesia florentina de los Apóstoles, o el retablo marmóreo de Santa Ana sito en la catedral de Bolonia. Así quien lo contemple se verá sorprendido por un engañoso campo visual, ya que lo que parece a los sentidos una profunda perspectiva no más un testero ingeniosamente elaborado para dotar de fondo y profundidad lo que no es más que una tabalazón sutilmente tallada, coronada por un friso que repite la triple invocación sagrada: “Sanctus, Sanctus, Sanctus”. En el reverso de la puertezuela figura una inscripción tomada del evangelio de San Juan que dice: “Ego sum ostium” (“Yo soy la puerta”).

 

1. PALOMO CRUZ, ALBERTO; Artículo: “Un templo en miniatura”. Suplemento Pasión del Sur, Diario Sur (29.02.2012). Págs. 10 y 11.

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