La Cuaresma según Las Penas.

Por José Llamas Iniesta.

En la plaza estaban los edificios aún por levantar, la muralla cubierta de desidia y las fachadas moribundas y apuntaladas anhelando un golpe de aire fresco. En la puerta de la iglesia, gracias a la cofradía, renacía el vetusto callejero con la espera impaciente de los fieles, y olía estremecedoramente a humedad.

Antonio Javier, seriedad en el rictus del mayor de los diputados y gobierno de manos entrelazadas, cruzaba la puerta del tiempo no se sabía muy bien si para dirigirse hacia la Vía Dolorosa de Jerusalén en tiempos de Constantino, la Italia medieval de los franciscanos, humilladero de la Cruz del Campo de Don Fadrique Enríquez de Rivera, a la fachada de la casa palacio de don Balbino Santos de la más cruda posguerra con los hermanos de Pasión o hacia el mismo Calvario malagueño asidos de antorchas y oraciones. En todo caso se llevaba con él toda una tropa de fieles dispuesta a tomar la mano de la Cuaresma emprestada por la ciudad para hacerla rodar por los rincones.

Tenía el cielo de Málaga luz mortecina de la caída de la tarde y azotaba un vientito exigente henchido por la humedad procedente de las inéditas aguas del Guadalmedina, que ha dejado estos días de ser polideportivo clandestino para volver a ser río. El tiempo ha dado tregua a las cofradías, al vapor callejero del incienso, al olor del caldito de garbanzos de la vigilia, al correteo de cultos, el disco perenne de Ojeda y la paradita en el escaparate de la cerería de la calle Santa María donde los niños dejan estos días las huellas de sus manos en los cristales.

El Señor, objeto piadoso de todas las miradas, salía a la plazuela a recorrer el camino más corto que, parafraseando los versos de Montesinos, había escogido la memoria para herirle. 1321 pasos desde el Pretorio hasta el Monte Calvario. En su cabeza iban todas las Estaciones, pues su dolor iba concentrado entre guedejas y caracolillos, todos los pecados del Mundo clavándose como espinas sobresalidas de una sierpe enrocada. En el escorzo revelaba parecer ser más humano, como queriendo resistirse al dolor y a la misma muerte. Pero enseguida descubrimos que era el Hijo de Dios cuando al mismo tiempo que en su boca entreabierta iba el sufrimiento por la vileza humana, en sus ojos se palpaba el perdón de la obra redentora.

En la sencillez de este Vía Crucis no adivinamos un trecho de setenta y cinco años, quizás más, muchos más, incluso un haz de siglos. Sólo había que Contemplar en la rudeza de las paredes del Muro de San Julián los trazos de las primeras manifestaciones de la religiosidad popular. El mismo origen de la Semana santa. En el rostro del Señor, la misma mano de Juan de Mesa tallando en el cobertizo la Conversión magdalena. En la casulla de don Federico, la rigurosidad de los prestes antiguos. En las Dominicas, la unción conventual de la meditación en los Vía Crucis de los tiempos pretéritos. En las voces íntimas de la coral interpretando las coplas del Señor de la Agonía. Por eso, porque pareció atravesar la hermandad un túnel del tiempo, escuchamos en la ciudad un silencio inédito, visitamos templos en color sepia y atravesamos calles que nunca paseamos y llevamos a la Hermandad a cumplir con una Cuaresma que emprestó la ciudad para llevarla a todos los rincones. Siglos, vino a celebrar las Penas el otro día, nada menos.

Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

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