Hoy es Martes Santo.

Por Ignacio Narváez Suárez.

Apretó el paso y empezó a caminar más rápido. Iba con tiempo de sobra pero quería llegar cuanto antes a la capilla. Esta nervioso. Revisaba a cada momento la bolsa en la que llevaba la túnica y se aseguraba que no se le había olvidado nada: - “la túnica, el cíngulo, la medalla, los guantes, el puesto...”. Pese a su andar nervioso comprobaba que los zapatos estuviesen suficientemente limpios, la camisa sin arrugar y el nudo de la corbata bien hecho.

Era aún temprano. No había todavía a esa hora mucha gente en el centro -faltaban un par de horas para que la primera cofradía entrase en el recorrido oficial-. Esquivaba a vendedores ambulantes, turistas despistados y a los trabajadores de la Agrupación que colocaban las sillas lentamente, casi con pereza. Cada vez andaba más rápido, casi corría. Quería llegar cuanto antes, era Martes Santo.

Al final alcanzó su destino. Se paró en seco y respiro profundamente. Observó como cerca dela capilla había ya varios grupos charlando. Eran nazarenos, hombres de trono, componentes de las bandas de música, familiares...todos intranquilos y deseando -rezando- que todo saliese bien. Esa escena le recordaba a los momentos previos a una obra de teatro cuando los actores se preparan para subir al escenario. Porque una procesión de Semana Santa se parece mucho a una obra de teatro. Siempre el mismo guión, pero cada función - cada año- es diferente.

Era una tarde de primavera preciosa. El cielo estaba prácticamente despejado, solo roto por alguna que otra nube sin importancia. La temperatura era agradable, perfecta. Todo parecía que iba a salir bien. Miró al cielo una vez más y se tranquilizó -”un día sin mirar al cielo, menos mal”- pensó.

Entró en el bar de siempre y se encontró a la gente de siempre. Se encontró a su amigo del colegio con el que llevaba ya años sacando el trono. Se habían visto casi todos los días previos a la Semana Santa pero en ese momento se dieron un abrazo especial. Los dos sabían que ese instante, ese día, era especial.

Le pidió a la camarera el café que se pedía siempre antes de la procesión -“mitad doble con leche fría, por favor”-. Le dio el primer sorbo y empezó una conversación típica sobre anécdotas e historias de años pasados. Mientras hablaba se acordó de la primera vez que llegó a la cofradía una tarde de noviembre, allá por 1997. Tenía 12 años y muchísimas ganas de salir en la procesión. A la Semana Santa siguiente consiguió salir por fin de nazareno. Siempre recordará con memoria fotográfica el momento en el que llegó a la capilla y con toda la ilusión del mundo se abrochó la túnica, cogió la vela y se colocó el capirote. Fue un momento casi mágico. Pero ese día también se le quedó grabada la charla del mayordomo a los nazarenos que salían por primera vez:

“No os podéis quitar el capirote, no podéis abandonar el puesto, no podéis saludar. Los únicos protagonistas son los titulares, no vosotros. Estáis a tiempo de dejar la túnica en la percha, nadie os obliga a salir, pero una vez que estéis en la calle habréis aceptado estas reglas”.

14 años después se alegraba de tener los mismos nervios y la misma ilusión que la primera vez. Hoy era un día especial: hoy era Martes Santo.

Mucha gente le preguntaba porqué salía en una procesión y porque sacaba un trono. Nunca encontraba una respuesta fácil. Pensaba que cada persona tenía un motivo diferente: los hay que lo hacían por fe, otros por tradición, incluso conocía a gente que salían porque “estaba de moda”. Existían muchas explicaciones pues cada cofrade tenía la suya personal, distinta a la de cualquier otra.

¿Cual era su respuesta? una mezcla de muchas cosas. Una vez al año y durante unas pocas horas tenía un momento para estar consigo mismo, para pensar en lo que había sucedido a lo largo del año. En esas horas se acordaba de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos. No era un momento puramente melancólico pero ese sentimiento -la melancolía- estaba muy presente durante la procesión. Esas horas eran para sus pensamientos y sus recuerdos, solo para él. Quizás poca gente lo entendiese, pero eso le daba igual.

¿Y donde se encontraba la fe? era una buena pregunta. Muchas cosas se las iba contando quien llevaba encima del trono. ¿Eso era rezar? quizás si... No era una persona muy practicante y chocaba con muchas ideas de la jerarquía eclesiástica, pero estaba plenamente convencido que quien iba arriba había sido una persona fiel, coherente con sus principios hasta el último momento. Fue acusado injustamente y pese a todo perdonó a quienes lo humillaron. Era alguien con quien mantenía una “relación especial” y a quien muchas veces contaba sus problemas. Era raro de explicar, pero no le importaba. Era lo que él sentía, era su momento del año ¿no?

La ciudad se transformaba en una semana. Parecía retroceder en el tiempo para volver a una época de tranvías, a una Málaga mas pequeña y con más encanto. Durante unos días familias, ancianos, jóvenes y turistas sustituían a los coches en las calles centro. Barrios degradados o casi desaparecidos volvían a la vida por unas horas, como si las postales en blanco y negro tomaran vida de repente. La Expiración volvía a salir de la estrechísima Plaza de San Pedro, Dolores del Puente pasaba por un Perchel lleno de vecinos y macetas y el Cautivo restauraba por unas horas la maltrecha calle Trinidad. Antiguos habitantes del Perchel, La Trinidad, El Centro o de la Calle Carretería volvían desde los barrios más alejados de la ciudad para reencontrase con sus raíces y con su pasado. La Semana Santa no solo era una fiesta religiosa: era un reencuentro con los mejores recuerdos. Una excusa para volver a quedar con viejos amigos. Reencuentro y recuerdo, dos palabras preciosas.

No se había dado cuenta y el trono estaba desde hace rato fuera del recorrido oficial. La procesión se dirigía hacia calles más estrechas y menos iluminadas buscando un ambiente mucho más íntimo. Como todos los años el tiempo había pasado demasiado rápido. Sentía como el cansancio se acumula en sus hombros y espalda. Apoyó las manos en el varal y estiró levemente los brazos, intentando mitigar esa molestia que le era tan familiar y que tanto le recordaba a la Semana Santa. Observó detenidamente a la gente que estaba en ese momento cerca del trono. Había de todas las edades, tipos y gustos. Buscaba con la mirada alguna cara conocida, alguien a quien poder guiñar levemente, sin que nadie se diese cuenta. No buscaba a nadie para lucirse, simplemente necesitaba unas palabras de apoyo en ese momento, tan simple como eso.

Los recuerdos le llegaban a la cabeza sin orden, de manera atropellada. Se acordó de su colegio, el sitio donde sin duda vivió la mejor etapa de su vida. Recordó con melancolía aquella época: los recreos y cambios de clase, las risas contagiosas y las anécdotas mas divertidas. Añoraba mucho aquella época, cuando todo era mucho más fácil y sencillo. No es que estuviese mal, ni mucho menos. Solo que la universidad no era lo mismo, simplemente eso.

Dos toques de campana seguidos, un tercer toque más. El trono subió lentamente, haciendo notar el cansancio de los hombres de trono. Las cornetas acompañaron una mecida muy lenta, prácticamente imperceptible. El trono más que andar parecía que flotaba. Él pensó que ese momento era casi perfecto y decidió cerrar los ojos para poder disfrutarlo, para grabar ese instante para siempre.

No sabría decir cuanto tiempo pasó -segundos o minutos- desde que cerró los ojos hasta que notó como unos dedos golpeaban suavemente su cabeza.

Abrió los ojos y vio a la persona que le había tocado con la mano. Allí, entre la multitud, estaban sus amigos del colegio. No podían acercarse al trono, aquello estaba lleno de gente. Todos le saludaban y sonreían con cariño mientras le mandaban gestos de ánimo. Apenas hacían ruido pues sabían que para él ese momento era especial. Les guiñó y mandó una sonrisa a cada uno como gesto de agradecimiento. Más que sonreír forzó esa sonrisa pues tenía ganas de llorar, pero no de pena sino de agradecimiento, de alegría. Toda su vida, todos sus ánimos y todas sus fuerzas estaban resumidas en ese encuentro, en ese grupo de amigos. El trono se alejó y los perdió de vista. Fue en ese momento cuando se le saltaron las lágrimas de alegría pues se había dado cuenta que no estaba solo, que tenía un grupo de amigos maravilloso. Se sintió enormemente afortunado.

El trono paró a los pocos minutos. Había aguantado la marcha perfectamente pese a las muchas horas que llevaba en la calle. En ese momento se le acercó la chica que le había avisado antes con los dedos.

- Hola ¿como estás? se te ve cansado, pero vais genial. No nos hemos podido acercar antes, hay muchísima gente.

- Gracias por venir a verme. Vamos mas cansando que otros años, pero bueno. Una pena que todo dure tan poco.

- Vengo para ver si te quedan fotos. Todos los años nos das un montón. ¡Hay que seguir con la tradición!

- ¡Claro que os he guardado! Toma, son las últimas.

Le entregó un pequeño sobre con 9 fotografías. Se miraron con cariño y se apretaron la mano con fuerza. Él le dio un beso en la mano, un beso de agradecimiento.

Sonó la campana y ella se marchó dedicándole una sonrisa. Dos toques más y el trono osiguió su marcha. Él no podía estar más feliz, no le faltaba nada en ese momento. Bueno sí, se le olvidaba algo. Alzó los ojos y mirando al que iba arriba le dio las gracias con una enorme sonrisa: “Gracias, una vez más”.

Decidió cerrar los ojos otra vez. Era feliz, era un día especial. Era Martes Santo.

Málaga, Semana Santa de 2010.

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